Fanáticos del América despistados asisten a La Noche de los Publívoros
Bueno, ya. Lo que pasa es que a algún tarado organizador de La Noche de los Publívoros se le ocurrió regalar cornetas a la entrada. Tons ahí tienes a la turba de nacos primitivos sacando el cobre, con un excelente pretexto en forma de trompetita de cartón para hacer ruido a la menor provocación. Por ejemplo, los dos gordinflones atrás de mí, coapeños por donde se les viera, me deleitaron con un concierto de estruendosos pitidos durante horas. ¿Por qué? Ps porque sí. Y porque había otros dos mil pendejos haciendo lo mismo.
Sí, era en TODO el teatro:
¿Un comercial bueno? ¡PRRRRRRRRRRRT!
¿Uno malo? ¡PRRRRRRRRRRRRRRRT!
¿Que a este no le entendieron porque estaba en tailandés? ¡PRRRRRRRRRT!
¿Que ya se aburrieron de estar sentados tanto tiempo viendo una pantalla? ¡PRRRRRRRRRT!
¡Qué padre, qué buena idea! ¿Por qué no regalan siempre cornetas en los cines? Sería padrísimo.
Ggrgrgrr. Me caga el ruido asociado a la diversión. Me caga que la música altísima haga COMPLETAMENTE imposible platicar en una fiesta; me cagan los cuetes navideños y patrioteros; me caga que la gente se abalance sobre los globos nomás para reventarlos.
Seguramente está documentadísimo e investigadísimo el placer que el ruido provoca en el ser humano. Como las descargas eléctricas o el partido América - Tecos. A lo mejor me estoy perdiendo de mucho, pero ni modo, prefiero taparme los oídos ante el ruidero*, y abstenerme de meter los dedos en los enchufes de luz.
*A menos, claro, que esté en un concierto metalero.





























