Plaqueta y ya

Antes "Verde Plaqueta" (aunque todavía es verde); antes antes "Documentando mi pasado, pa' que haya constancia" (aunque todavía lo documento, y todavía es pa' que conste).

martes, diciembre 02, 2008

¡No Plaqueta, por favor no lo hagas! ¡No publiques otro post sobre tus traumas infantiles!

Y que sí lo publico y que sí. Se titula: Mi primer empleo.

Y dice:

Mi figura paterna trabajaba en el mundo de la moda, entonces soñaba con que yo fuera una muñequita per-fec-ta: delgada/fuerte, piel de porcelana, pelo sedoso-brillante, finura y modales al hablar y comportarme, atuendos acordes a mi edad y al evento, uñas limpias, desenvoltura y personalidad extrovertida, etc. Niña modelo.

No se le hizo. En mi infancia fluctué entre lo flacucha-como-perro-malnutrido y el pinche sobrepeso que hasta la fecha me jode, siempre fui demasiado pálida –a veces tirándole a lo verdoso–, el pelo lo tenía estropajiento porque aún no inventaban las cremas para peinar ni los champús hidratantes, iba yo en primaria de tabicón peludo y hablaba como mis compañeritos, las uñas las traía siempre llenas de plastilina y mugre y pintura, era tímida como marisco y no tenía idea de con qué tenedor se comía el carpaccio y con cuál el postre. Era una niña, iiiuuuugh, normal.

Aun así, necedades, me metió a modelar. Brbrbrbrbr.

Era espantoso. Los niños ojiazules me preguntaban "¿y en qué colegio vas?", y cuando les respondía "en la escuela Andrés Bello, es pública", ponían cara de haber visto un zombie. A los chútings ellos llegaban en las camionetas de sus mamás-camioneta, y yo en microbús acompañada de mi abuelito, que a todos lados llevaba un costal blanco y mugroso con el que los niños ricos creían que los iba a raptar (ante sus ojos era el Viejito del Costal). Cuando me pegaron los piojos en mi primaria de tabicón fue el acabose: el peinador jamás había visto algo así y salió corriendo despavorido.

En una sesión que duró toda la tarde, los niños-perfectos me apodaron Coralia (¿se acuerdan del personaje de Anabel Ferreira?) por mi léxico y mi tonito pedroinfantesco. A mi figura paterna se le caía la cara de vergüenza. Me regañó terriblemente sin detenerse a pensar que yo, estudiando en una escuela-chocita, no tenía absolutamente ninguna otra referencia a la hora de hablar. Por lo visto, su sueño era que yo parloteara con-la-papa-en-la-boca y que en vez de Coralia me apodaran La Pirrurris.

Justo cuando empecé a tener conciencia de que modelar no era tan terrible, de que podía hacer de tripas corazón y olvidarme del complejo de clase con tal de ganar dinero de una forma así de estúpida y sencilla, llegó la pubertad y engordé y me quedé chaparra y todo valió madres. Con el dinero de mi última-última-última chambita del estilo (un comercial de tele para la revista que nunca salió al aire –supongo que me veía ya muy gorda o muy fea o muy bleeeergh–, para el que por cierto tuve que ir a Editorial Televisa y entonces vi cómo se trabajaba y dije: de grande QUIERO chambear en un lugar así) me compré una bicicleta estacionaria que, como todos los aparatos de ejercicios que se tienen en casa, terminó como mueble para acomodar ropa y yo nunca fui flaca y me quedé con brazos de molinera holandesa foreverandever.

Tan tan.

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