Plaqueta y ya

Antes "Verde Plaqueta" (aunque todavía es verde); antes antes "Documentando mi pasado, pa' que haya constancia" (aunque todavía lo documento, y todavía es pa' que conste).

jueves, diciembre 25, 2008

Sueño que tuve anoche por comer demasiadas gringogalletas navideñas

Dentro del mismo edificio donde vivo había una casota de tres pisos. Era como mi idea del paraíso inmobiliario, pero ya estaba rentada por unos güeyes que, a su vez, le rentaban camas a un chingo de estudiantes y artistos de medio pelo. Sus tarifas eran altísimas, pero había lista de espera porque era EL lugar para vivir, con gran ambiente y las mejores fiestas de la ciudad, a las que ni siquiera me invitaban pero yo igual me colaba porque era vecina, ps estossss.

Un día la casa se embrujaba. Así de la nada. Empezaban a pasar cosas raras, como que la gente o los bolsos o los botes de yogurt se esfumaban. Así de que estabas con alguien y volteabas y ya no estaba. O que te estabas echando un vasito de vodka y lo dejabas ahí y había desaparecido. O que veías un suéter y luego, pum, nada, que siempre ñe. Y no, no era por el tema de la inseguridad, sino por algo SOBRENATURAL. UuuUuuUuuuuUUUUoooo.

El poder de esta cosa que embrujaba la casa no se limitaba a los cientos de metros cuadrados de la misma, sino a sus habitantes. Por ejemplo, Marvin –el diseñador con cuyas prendas no se ven bien ni las modelos más guapas– vivía ahí, "y ahora con la crisis" tenía que completar pa'l gasto con un puestecito afueritas del metro Chapultepec. Pero esa no era la maldición. Me daba cuenta de que había algo raro porque le preguntaba yo por unos zapatos que sí estaban chidos (y eso no era lo raro... aunque sí) y él me decía que sólo costaban treinta pesos. Y yo: ¿treinta? Y él: sí, treinta. Y entonces yo bajaba la mirada para buscar el dinero, y cuando la levantaba para pagarle me daba cuenta de que él se había esfumado con todo y zapatos, plaff, nada de él, así, plaff. Y por alguna razón eso me daba espantos.

Luego nos dábamos cuenta de que la que embrujaba la casa era una chica diabólica. Pero no como las chicas diabólicas de las películas o los cómics o las novelas, o sea, no era así guapísima y de vestido pegadito de piel y tacones y labios rojos. Era una chava completamente normal, ni guapa ni fea. Lo único que la diferenciaba de la masa era una mirada que perforaba como maquinaria Caterpillar. Daba espantos, muchos.

Y en algún momento ella convertía la casa en un centro de descuartizamiento de almas. Agarraba a la gente en la calle y se la chingaba, los mataba de manera dos-tres culera y les hacía papilla el espíritu. Gachísimo, gachisísimo. Y quién sabe por qué, pero de repente se la agarraba contra mí la muy malosa. Me decía: si no me traes a cuatro personas dispuestas a morir así como las estoy matando, me voy a chingar a todos tus seres queridos. Y yo: sopas. Y entonces yo le empezaba a decir a la gente en la calle que si de favor se morían por una buena causa, y zas que dos me decían: órale vas. Pero me faltaban otros dos y yo nomás no los conseguía, y yo no entendía para qué los quería ella la malvada si de todas formas agarraba a los que pasaban por ahí y slurrrrrp, puré.

Y entonces me desperté.

¿Interpretaciones?

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