Plaqueta y ya

Antes "Verde Plaqueta" (aunque todavía es verde); antes antes "Documentando mi pasado, pa' que haya constancia" (aunque todavía lo documento, y todavía es pa' que conste).

miércoles, julio 14, 2004

Todo lo que se puede hacer en un día

(Advertencia: a pesar de la omisión de un sinfín de detalles, el siguiente texto es monótono y aburridón. Sáltese Ud. las partes que crea convenientes)
Me bañé y me puse guapetona (supuse que vería a mi novio en la tarde).
Fui a la clínica 27, a intentar hablar con algún doctor choncho y chorearlo para que adelantara la cita de mi tía, hecha un guiñapo (la tía, no yo). Me dijeron que sí, pero que estaba en junta, que regresara al ratito.
Fui a la clínica 2 (a dos microbuses de distancia) con la dietista, para que me diera la dieta hepatópata. Como la dietista no había llegado, fui a pedir condones gratis. Me dieron un paquetote enorme, se vieron más generosos que nunca (la ironía viene después).
Esperé a la dietista un rato más y nunca llegó. Regresé a la clínica 27 a hablar con el doctor choncho (a quien por cierto mi mamá le mentó la madre ayer). Tuve que franquear policías, secretarias y enfermeras para llegar a él. Lo hice y medio tuve éxito, aunque tengo que regresar la próxima semana a franquear las mismas barreras y a que me traten como pobre (ay dios).
Regresé a mi casa a que me hicieran una lista del súper. Salí hacia la clínica 2, y me encontré a un muchacho que me vendía café en Plaza Santa María, pero que ahora trabaja en algo del Congreso, y es Panista (escándalo). Aun así, es guapetón y simpaticón, y me dio un aventón en su moto (ámonos) (y cuánta rima). Por primera vez en mi vida me subí a una moto... quizá es la primera vez que monto un vehículo bípedo (no sé andar en bicicleta). Llegué a la clínica 2, con el médico familiar para que me diera una receta pa' las medicinas de mi tía. Esperé mi turno. En lo que lo hacía, terminé el libro que estaba leyendo (Leviatán de Paul Auster) y empecé otro (Las puertas de la percepción, de Huxley).
Llegó mi turno, y entonces: tiene que venir su tía en persona, no me importa que esté en cama y que se la hayan devuelto de urgencias con un pie roto que antes estaba completo. Fui con el jefe de departamento a quejarme, el jefe de departamento fue a regañar al doctor, y me dio mi receta. Fui a sacar una fotocopia de la hoja de diagnóstico, fui por las medicinas, pero había una que no tenían. Volví a subir con el doitor, me dijo que fuera a la clínica 27 a ver si ahí sí la tenían. Salí, y me compré un torta de queso blanco en el puesto de afuera del seguro: buen queso, buen chipotle, pero el pan malo, y un poco cara (15 pesos).
Fui a Wal Mart. Compré cosas. No había brócoli. Pero compré 3 cajas de Splenda (con 50 sobres gratis c/u, había que aprovechar). Regresé a mi casa a dejar la compra. Me tomé un café con leche.
Fui a la clínica 27. La de la farmacia me dijo que esa medicina no existía en el seguro, que tenía que ir a mi clínica familiar a hablar con el administrador pa' que me las financiara. O sea que había que regresar a la clínica 2.
Pero no pretendía hacerlo. Entonces le hablé a mi novio, que asegún iba a ver esa tarde. Le hablé, y me rompió el corazón. No me cortó, pero me dijo cosas "en serio" y "he estado pensando", y "sí te quiero pero". Me quebré. Lloré impúdicamente en la vía pública. Berreé en la parada del micro, sentada en la banqueta. Sollocé en el camión de Flores Magón. Seguí moqueando en el que va a San Cosme. Y llegué a la clínica 2.
Aún con lágrimas en los ojos, le pregunté a la polecía de la entrada por el administador. Me dijo que ya se había ido, que ahí mañana. Bueno.
Fui a buscar la medicina a la farmacia San Pablo. Arrastrando los pies, encogida, con cara de dolor. Un güey me dijo "pst, pst, güerita, ¿'tas triste? ¡yo te consuelo!". Y me hizo reír mucho. Se siente chistoso llorar y reír a la vez, ambas de corazón. Son impulsos nerviosos parecidos, se llevan bien.
Compré la medicina, regresé caminando a mi casa.
Le conté a mi mamá mi tragedia. Cargué dos televisiones pesadísimas, las moví de lugar, casi se me cae una. Todo pa' que mi tía encamada tenga con que entretenerse.
Decidí irme de oyente a una clase de inglés en mi escuela chistosa de europeos refugiados. Estuvo bien. Hasta me olvidé de mis tragedias angloparlando de los presocráticos y de las matemáticas euclidianas, temas de los que jamás creí hablar en una clase-de-inglés. Me voy a quedar ahí y botar al grupo de infrahumanos de los sábados (aunque extrañaré a Mariano, otro de mis amores platónicos de 15 años, quien por cierto es hijo de la que ahora será mi maestra, una canadiense-judía rechingona).
Fui a la farmacias similares a comprarle una medicina a mi mamá. Regrésé a mi casa.
Empaqué cajas, alcancías, y un niño dios de madera que qué complicado estuvo el desgraciado. Estuve por horas rodeada de plástico de burbujas (que ha perdido el encanto para mí, ya no me hace ilusión reventarlo) y cinta canela.
Y me metí aquí, arrastrándome de cansancio, a hacer un escueto recuento de todo lo que hice hoy.

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